Es un día nubloso y el aire huele a cenizas. Llevo puesta
mi camisa verde y mis tejanos. Salgo decidida a la calle, directa hacia la
montaña, donde nadie puede encontrarme.
- Llévate la chaqueta cariño, hace frío. – dice mi madre,
tan protectora como siempre.
- Estoy bien, mamá.
- Vale, no tardes mucho, ¡te quiero! – dice mi madre por
la ventana.
- Y yo, mamá. Dibujo una sonrisa.
Y entonces me alejo de mi casa.
Pero la tranquilidad no tarda mucho en quedarse en mí.
Siento una punzada en el estómago. Algo va mal. Miro al cielo y veo unos
aviones enormes que vienen hacía aquí. Estoy lejos, pero no lo suficiente para
que mi voz pueda llegar a ella.
- ¡Mamá! – grito desesperada. ¡Mamá, corre! ¡Mamá!
Corro lo más rápido que me permiten mis piernas. Pero es
demasiado tarde. Disparan algo desde los aviones. Bombas.
- ¡Mamá! – sigo gritando mientras entro en la casa ya
incendiada, que tiene acorralada a mis
hermanos; Arin y Wyatt, y mi madre.
Voy esquivando los trozos de paredes que caen delante de
mí, hasta que llego hasta ellos.
- Cógelos y llévatelos lejos de aquí. – dice mi madre
entre gemidos de dolor.
- ¿Y tú qué? – protesto.
- Que te los lleves, ¡¿me oyes?! – grita mi madre,
desesperada.
- ¿Puedes moverte? – pregunto con una chispa de esperanza
en mi rostro.
Entonces ella se gira, mostrándome la carne chamuscada y
magullada de su pierna derecha. Está muy mal.
- Prométeme que los vas a cuidar. – me hace jurar.
- Sí. Lo prometo. – digo entre lágrimas, no teniendo otra
alternativa que marcharme y dejarla allí. No tengo mucho tiempo. Cojo a mis dos
hermanos en brazos e intento ir hasta la salida, pero me paro y vuelvo hacia
atrás. Le susurro ‘cógeme del brazo’ y lo hace. Intento arrastrarla hasta la
salida.
Lo siguiente pasa en un suspiro. Suena un ‘crack’ del
techo, mi madre y yo nos miramos con desesperación, y entonces caen todos los escombros encima de ella, dejándola aplastada.
Me quedo paralizada. Cojo a mis dos hermanos y me voy
lejos de allí, lejos del horror.
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