Noto que mi organismo se queda colapsado durante un
momento, pero me pongo firme y sigo a Dilber, hasta dónde sea que me lleva. Nos
paramos delante de una puerta.
- Es aquí. – me señala, y me abre la puerta.
Entro sigilosamente y ahí está Wyatt, descansando en la
cama.
- Hola, Briana. – oigo saludar a una voz masculina que,
me suena algo familiar.
- Eh… hola, sea quien seas. – digo, girándome hacia el
personaje de pelo pelirrojo, ignorando porqué sabe mi nombre.
- Tu hermano, como ya sabes, tiene la rabia… –dice el
hombre lentamente, sin molestarse en presentarse, y hace una pausa, esperando a
que diga algo.
- Sí. – reacciono secamente y noto que mi voz se quiebra.
Por algún motivo, el rostro del pelirrojo me produce inquietud, peligro. Vuelvo
la cabeza hacia mi hermano, y veo que me mira alarmado. – ¿Me lo va a decir o
no?
- Todo a su tiempo. –responde vocalizando cada una de las
letras, y vuelve a repetir. –Todo a su tiempo.
Siento un escalofrío al mirarlo a los ojos. Son los
mismos ojos que hace un par de días, intentaron matarme. Intento que no se dé
cuenta de mi descubrimiento.
- Existe la posibilidad de que se cure. –explica,
calmado, buscando en un botiquín. –Y otra que no. –dice girándose hacia mí, y
oigo gritar a Wyatt:
- ¡Cuidado, Briana! –no entiendo lo que está pasando,
pero cuando alza su mano y en ella hay una gran jeringa, veo su propósito.
Oigo un gran estruendo y la puerta se abre. Estoy
paralizada, pero no lo suficiente para ver que la persona que está en pie es la
misma mujer que me salvó la vida. Lleva una pistola, y con ella, apunta a Drek.
- Eh, cálmate anda. – dice Drek a Dilber, antes de Drek
pueda inyectarme lo que haya dentro mortal en la jeringa, cuando lo siguiente
pasa en un suspiro.
Dilber aprieta el gatillo y de la pistola sale una bala,
una bala que va directa al corazón de Drek.
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Me quedo mirando la sangre que derrama de su cuerpo, sin
ninguna interrupción.
- Tenía que hacerlo. –dice Dilber, seria.
- Lo sé, Dilber. No te preocupes.
Sonrío. Se ha ido, por siempre jamás. Arin entra por la
puerta.
- He oído ruido y me he despertado. –dice, mi pequeño
Arin. Se da cuenta del cuerpo inmóvil de Drek reposando en el suelo. Me mira
durante dos segundos, viene corriendo hacia mí y salta a mis brazos. –Te he
echado de menos, hermanita.
- Y yo, no te lo puedes ni imaginar. –y lo abrazo aún más
fuerte.
Nos sentamos a los pies de la cama dónde está Wyatt y
siento a Arin en mi regazo.
- Bueno, ¿entonces puedes venir a casa o no? – le pregunto a Wyatt,
preocupada, y miro a Dilber para obtener una respuesta.
- Sí. Claro que puede. – responde.
El ‘sí’ milagroso. No me lo puedo creer, así que voy
corriendo hacia Dilber y la abrazo, sin más.
- Gracias por todo. – le susurro. En la cama, veo a Wyatt
sonriendo, por primera vez en mucho tiempo.
Nos dirigimos hacia la sala de espera y allí encuentro a
Irina, abrazada a un chico.
- ¡Irina! – grito de alegría.
- ¡Briana! – grita ella también. – Oh Dios mío, ¡estás
viva! –y me abraza.
El chico con el que estaba abrazada Irina viene hacia mí
y se presenta diciendo:
- Soy el hermano de Irina, Daniel. –miro a Irina, está
feliz.
- Briana. –digo y no puedo evitar sonreír.
Al cabo de un rato de estar hablando, Daniel nos invita a
su casa. Charlamos sobre un montón de cosas, sobre la experiencia vivida por
parte de Daniel en la guerra, y nos invita a un té.
Mientras los demás están jugando a un juego, yo me quedo
a solas con Dilber, así que le pregunto:
- Oye, ¿te gustaría… venir a vivir con nosotros?
Y ella responde:
- Me encantaría.
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EPÍLOGO
Han pasado quince años y estamos viviendo en Nekville,
con mi marido, Roy, y mis dos hijos Julen (en honor a mi padre) y Abbey, la
pequeña de la casa. Dilber ha estado conmigo y Wyatt hasta que nos marchamos de
casa al casarnos. Mi hermano mediano, Wyatt, se casó con Irina y tienen una
hija, Alexia.
Arin sigue viviendo junto a Dilber, pero se ha enamorado
de una chica, Leyla, y están esperando un hijo. En Velville ya no queda nada,
salvo los cuerpos de los que no pudieron sobrevivir hace años y la tristeza que
abunda allí. Siempre que tengo un rato libre pienso en mis padres, en cómo de
orgullosos estarían de todos nosotros y lo que les gustaría estar con sus
nietos.
El tiempo ha pasado y la guerra acabó un año después del
bombardeo en nuestro antiguo pueblo. La guerra nos ha dejado marca a todos,
pero creo en que el tiempo cura las heridas, aunque sea imposible olvidar.
FIN
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