viernes, 27 de diciembre de 2013

Entre fuego. Parte IX

Analizo la extraña y terrorífica historia de la vida de Dilber, que parece extraída de un cuento de terror.
- Entonces Drek es el hombre que intentó matarme el otro día en el hospital. – logro acabar de decir, con la cabeza que me da vueltas y me siento enferma.
- Exacto. – dice en forma de respuesta y me toca la frente con la mano. –Estás ardiendo. ¿Te encuentras bien?
- Mentiría si dijera que sí.
- Túmbate y ahora vengo, voy a coger alguna pastilla para que se te baje la fiebre.
- De acuerdo. – digo, y me vuelvo a tumbar.
Mientras espero, pienso en Dilber. Creo que es una buena persona. Quiero decir, me ha salvado la vida. Claro que lo es. Por dentro de mí siento como si fuera mi madre, aunque suena estúpido. Nadie podría llegar a reemplazarla.
- Ya estoy. – anuncia, sacando la cabeza por la puerta. Da unos pasos hacía mí y me ofrece un vaso de agua. – Para la pastilla.
Me la trago con dificultades y me incorporo hacia delante.
- Siéntate. –le pido. –Si quieres, por favor. –corrijo.
- Claro. –dice, pero en notar mi expresión sabe que algo falla. – ¿Ocurre algo?
- Es sólo que… Estoy preocupada.
- ¿Preocupada por qué?
- Pues… ¡por todo! Por absolutamente cada cosa que pasa en mi vida, ¡todo es malo! ¿Es que nunca se va a acabar todo esto? – digo, y me pongo a llorar como una magdalena.
Dilber me tranquiliza y me desfogo con ella. Le explico lo que sucedió con mis padres y un poco de mi vida. Y básicamente me doy cuenta de que es un desastre.
- No pasa nada, Briana. –asegura. –Estoy contigo. –dice, susurrando.
Susurro ‘gracias’ y añado:
- Por cierto, puedes llamarme Bri.
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Sé que he vuelto a quedarme dormida, debe de haber sido el efecto del medicamento, así que me levanto, porque ya me encuentro mucho mejor.
- ¿Cómo te encuentras? – oigo preguntar a Dilber, que ni siquiera me había dado cuenta de su ausencia, y está sentada en un sofá.
- Mejor, la verdad. – confieso.
- Me alegro. – dice.
- ¿Cuándo los podré ver?
- ¿Ver a quién? – pregunta, algo desorientada.
- A Arin. –respondo, es algo evidente. –Y Wyatt.
Tarda mucho en contestar, pero al final dice:
- Supongo que de aquí un rato.
- De acuerdo.
Vuelvo la cabeza hacia la derecha y miro cómo las gotas de lluvia caen lentamente. Entonces algo me hace preguntar.
- Dime una cosa, ¿dónde estamos?
- En un hospital refugio, en Nekville. –Ah, Nekville. Ya decía yo que el exterior era demasiado hermoso. Lo vuelvo a contemplar con aprecio.
- Tendrás hambre. –dice, ofreciéndome una manzana.
- Sí, gracias. – agradezco, y busco el cuchillo que llevaba encima, pero no lo encuentro, así que me pongo a buscarlo como loca, sin mucho éxito.
- ¿Qué ocurre? – pregunta Dilber.
- Que no encuentro mi cuchillo. ¡No lo encuentro! – digo, abriendo todos los cajones y armarios que encuentro en mi camino.
- Tranquila. –dice, buscando en su chaqueta, y saca mi querido artilugio. –Aquí está.
Me lo da y doy un suspiro de alivio. Dilber se me queda mirando.
- ¿Qué tiene ese cuchillo? – pregunta, curiosa.
- ¿Qué? – pregunto, no estaba prestando atención.
- Que porqué es tan importante ese cuchillo. –dice, paciente.
- Me lo regaló mi padre. – respondo secamente, y se me ponen los ojos llorosos, pero me prohíbo a mí misma llorar.
- ¿Cómo se llamaba tu padre? – pregunta, cariñosamente.
Me quedo tensa durante cinco segundos.
- Julen.
- Mi padre también se llamaba así. – dice, algo triste, después de estar unos cuantos minutos en silencio.
- ¿En serio?
- Sí. Me gusta mucho ese nombre. Significa fuerza. Y mi padre la tenía. –explica. –Estoy segura de que el tuyo también.
- Por supuesto. Murió luchando. –digo, y noto una lágrima deslizándose por mi mejilla.
- Si no quieres hablar de eso mejor dejémoslo. –propone.
- No, es simplemente… Que a veces, si el recuerdo te va a hacer daño, es mejor no recordarlo.
Dilber hace un intento de sonreír y baja la cabeza.
- Vamos. – dice mientras se levanta y me coge de la mano.
- ¿Adónde vamos? – pregunto.

- A ver a tus hermanos. –me pongo nerviosa, porque los echo mucho de menos. –Y también nos dirán si Wyatt podrá regresar a casa. –dice Dilber, y noto como una chispa de esperanza y otra de desesperación se unen en mi corazón.

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