viernes, 27 de diciembre de 2013

Entre fuego. Parte IX

Analizo la extraña y terrorífica historia de la vida de Dilber, que parece extraída de un cuento de terror.
- Entonces Drek es el hombre que intentó matarme el otro día en el hospital. – logro acabar de decir, con la cabeza que me da vueltas y me siento enferma.
- Exacto. – dice en forma de respuesta y me toca la frente con la mano. –Estás ardiendo. ¿Te encuentras bien?
- Mentiría si dijera que sí.
- Túmbate y ahora vengo, voy a coger alguna pastilla para que se te baje la fiebre.
- De acuerdo. – digo, y me vuelvo a tumbar.
Mientras espero, pienso en Dilber. Creo que es una buena persona. Quiero decir, me ha salvado la vida. Claro que lo es. Por dentro de mí siento como si fuera mi madre, aunque suena estúpido. Nadie podría llegar a reemplazarla.
- Ya estoy. – anuncia, sacando la cabeza por la puerta. Da unos pasos hacía mí y me ofrece un vaso de agua. – Para la pastilla.
Me la trago con dificultades y me incorporo hacia delante.
- Siéntate. –le pido. –Si quieres, por favor. –corrijo.
- Claro. –dice, pero en notar mi expresión sabe que algo falla. – ¿Ocurre algo?
- Es sólo que… Estoy preocupada.
- ¿Preocupada por qué?
- Pues… ¡por todo! Por absolutamente cada cosa que pasa en mi vida, ¡todo es malo! ¿Es que nunca se va a acabar todo esto? – digo, y me pongo a llorar como una magdalena.
Dilber me tranquiliza y me desfogo con ella. Le explico lo que sucedió con mis padres y un poco de mi vida. Y básicamente me doy cuenta de que es un desastre.
- No pasa nada, Briana. –asegura. –Estoy contigo. –dice, susurrando.
Susurro ‘gracias’ y añado:
- Por cierto, puedes llamarme Bri.
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Sé que he vuelto a quedarme dormida, debe de haber sido el efecto del medicamento, así que me levanto, porque ya me encuentro mucho mejor.
- ¿Cómo te encuentras? – oigo preguntar a Dilber, que ni siquiera me había dado cuenta de su ausencia, y está sentada en un sofá.
- Mejor, la verdad. – confieso.
- Me alegro. – dice.
- ¿Cuándo los podré ver?
- ¿Ver a quién? – pregunta, algo desorientada.
- A Arin. –respondo, es algo evidente. –Y Wyatt.
Tarda mucho en contestar, pero al final dice:
- Supongo que de aquí un rato.
- De acuerdo.
Vuelvo la cabeza hacia la derecha y miro cómo las gotas de lluvia caen lentamente. Entonces algo me hace preguntar.
- Dime una cosa, ¿dónde estamos?
- En un hospital refugio, en Nekville. –Ah, Nekville. Ya decía yo que el exterior era demasiado hermoso. Lo vuelvo a contemplar con aprecio.
- Tendrás hambre. –dice, ofreciéndome una manzana.
- Sí, gracias. – agradezco, y busco el cuchillo que llevaba encima, pero no lo encuentro, así que me pongo a buscarlo como loca, sin mucho éxito.
- ¿Qué ocurre? – pregunta Dilber.
- Que no encuentro mi cuchillo. ¡No lo encuentro! – digo, abriendo todos los cajones y armarios que encuentro en mi camino.
- Tranquila. –dice, buscando en su chaqueta, y saca mi querido artilugio. –Aquí está.
Me lo da y doy un suspiro de alivio. Dilber se me queda mirando.
- ¿Qué tiene ese cuchillo? – pregunta, curiosa.
- ¿Qué? – pregunto, no estaba prestando atención.
- Que porqué es tan importante ese cuchillo. –dice, paciente.
- Me lo regaló mi padre. – respondo secamente, y se me ponen los ojos llorosos, pero me prohíbo a mí misma llorar.
- ¿Cómo se llamaba tu padre? – pregunta, cariñosamente.
Me quedo tensa durante cinco segundos.
- Julen.
- Mi padre también se llamaba así. – dice, algo triste, después de estar unos cuantos minutos en silencio.
- ¿En serio?
- Sí. Me gusta mucho ese nombre. Significa fuerza. Y mi padre la tenía. –explica. –Estoy segura de que el tuyo también.
- Por supuesto. Murió luchando. –digo, y noto una lágrima deslizándose por mi mejilla.
- Si no quieres hablar de eso mejor dejémoslo. –propone.
- No, es simplemente… Que a veces, si el recuerdo te va a hacer daño, es mejor no recordarlo.
Dilber hace un intento de sonreír y baja la cabeza.
- Vamos. – dice mientras se levanta y me coge de la mano.
- ¿Adónde vamos? – pregunto.

- A ver a tus hermanos. –me pongo nerviosa, porque los echo mucho de menos. –Y también nos dirán si Wyatt podrá regresar a casa. –dice Dilber, y noto como una chispa de esperanza y otra de desesperación se unen en mi corazón.

viernes, 20 de diciembre de 2013

Entre fuego. Parte VIII

Llevo un vestido blanco y unos zapatos de ensueño. Voy corriendo y saltando por el campo, entre medio de las plantas y flores, entre ellas distingo una rosa, la huelo y sonrío.
Pero no me toma mucho tiempo en volver a la realidad, una realidad que me aterra.
- Briana. – oigo susurrar alguien.
Levanto la cabeza inconscientemente, y me inclino hacia delante.
- Bueno, estás viva. – dice en tono irónico.
- Roy. – digo, y sonrío. –Me alegro de verte.
- Y yo, Bri.
Y entonces me acuerdo.
- ¿Qué les ha pasado a Wyatt y Arin? ¿Están bien? – pregunto, preocupada.
- Sí, están… vivos. –y al ver mi cara de preocupada y confusa, sigue explicando. –Arin logró avisar a Wyatt para irse. Wyatt está bien, bueno, enfermo. Ya lo sabes. Arin no tanto.
- ¿Qué? – digo, aumentando mi tono de voz.
- Ha tenido que ser… operado. – dice al fin, y baja la cabeza. Noto que se me cae una lágrima. –Se quedó enterrado bajo los escombros, pero Dilber lo salvó a tiempo.
- Dilber. – susurro. Es increíble cómo ni siquiera conociéndola, me ha salvado la vida. Y la de mi hermano.
- Se le aplastó la pierna. –prosigue. –Los médicos han conseguido que quede bien, pero va a tener dificultades al andar.
Asiento dos veces con la cabeza, no tengo ganas de hablar, es más, no tengo ganas de hacer nada, sólo quedarme dormida para siempre.
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Abro los ojos y me encuentro en una habitación pequeña, pero espaciosa a la vez. Estoy tumbada en una camilla, tengo un montón de cables que salen de mí. Si giro la cabeza a la derecha, hay una ventana. Me pregunto dónde estaremos. Está lloviendo y me planteo si el cielo también llorará por la gente fallecida del bombardeo en Velville. Estoy murmurando una canción mientras me quedo ensimismada mirando el exterior por la ventana, como si fuese otro mundo al que quisiera estar.
Oigo el chirrido de la puerta y me inclino hacia el otro costado.
- Ei. – dice Dilber, en forma de saludo. – ¿Cómo estás?
- Bien. ¿Cómo estás tú? Eres tú la que me has salvado la vida, no yo. De no haber sido por ti, estaría muerta.
- Es mi trabajo salvar vidas. – dice, y sonríe. No es una sonrisa forzada, sino una de verdad. Sincera.
- Pero no estabas trabajando. – le reprocho.
- Supongo que es verdad. En todo caso, ¿no hubiera sido cruel no sacarte de ahí?
- No. – respondo, decidida.
Ríe. Las risas de esta mujer me producen un efecto calmante, como un antídoto para el dolor.
- ¿Y el hombre? – pregunto.
- Desapareció entre las llamas. No he sabido nada más de él. – explica.
- Aha. – digo. – Dime una cosa, ¿lo conocías?
- Desafortunadamente, sí. – contesta después de estar un rato mirando al vacío. La miro, exigiendo más explicaciones, y tal vez, una buena historia que contar. – ‘Su nombre es Drek. Lo conozco desde hace años, tantos que ni ya me acuerdo. Solía verlo mucho ya que éramos compañeros de clase, incluso me llegó a agradar. Cuándo íbamos al instituto su padre murió misteriosamente, y después la siguió su madre, por motivos desconocidos. Por entonces nada se había llegar a plantear si alguien los había asesinado, o si habían muerto por motivos naturales. No sé por qué, pero optaba por la primera opción. Poco más tarde Drek se fue volviendo más cerrado en sí mismo. No quería que nadie le hablara y no se relacionaba con nadie. Un día, fui decidida hacia él y pregunté que le ocurría. Él, despiadadamente, me empujó y me alejó de él. Al cabo del tiempo, entre pruebas y más, descubrí que, obviamente, el asesino del señor Philp y la señora Philp era su propio hijo. Cuándo iba un día por la calle decidida a ir hacia la policía, él me encontró. Me dijo que, si no me callaba y no mantenía el secreto en privado, me mataría. Ignoré y dejé que el viento se llevara sus palabras y retomé mi rumbo hacia la comisaría. Informé de lo sucedido, y poco tiempo después, Drek fue encarcelado. Pasaron los años, yo olvidé lo sucedido y formé mi propia familia. Me había enamorado locamente de un hombre del que, estaba convencida de que amaría hasta la eternidad. Tuvimos dos hijos, Leil y Sarah. Eran hermosos, y la fuente de mi alegría. Todos esos años fueron pura felicidad para nuestra familia, hasta que me enteré de que Drek, mi excompañero, el asesino, había salido de la cárcel. Fui lo suficientemente inocente de pensar, que quizás lo había olvidado, pero no fue así.
Una noche, mientras estaba leyendo un libro en mi dormitorio, oí gritos. Gritos desesperados, de dolor. Se me encogió el corazón y corrí hacia dónde provenían los gritos. Pero fue demasiado tarde. En un charco de sangre, se encontraban mi marido y mis dos hijos, cada uno acuchillados y ahogados. Me hundí en la miseria pero sólo oía las palabras de Drek, jurando que un día, se vengaría.

Me mudé junto con mis penas en Velville, dónde intenté olvidar todo mi pasado. Pero fui simplemente una inútil para pensar en que podría logarlo. Me formé como médico y rehíce mi vida al completo. Pero un buen día, mis esperanzas se fueron al suelo. Había llegado un nuevo médico. Al presentarse, pude distinguir su rostro. Era el demonio que me había estado persiguiendo durante años, el que había ocupado mis peores pesadillas. Drek.’

sábado, 14 de diciembre de 2013

Entre fuego. Parte VII

- Roy. – susurro, notando su aliento contra el mío.
- ¿Sí?
- Vámonos. –respondo, me aparto de él e intento no ponerme roja como un tomate y nos quedamos en silencio durante diez segundos. –Buen intento. Casi caigo en la trampa. – digo bromeando.
¿Roy intentando besarme? Ha sido una situación un tanto extraña, pero no tanto como lo que siento yo ahora. No tengo mis sentimientos hacia él claros, y eso me confunde.
- ¿Pasa algo? – pregunta, algo preocupado.
- No.
- ¿Segura?
- No, pero Roy, ahora no estoy para esto. Tengo demasiadas cosas en la cabeza y estoy inestable y…
- No hace falta que me lo expliques, lo he entendido Briana. – me interrumpe.
Genial. Ahora me siento mal.
Llegamos a su casa, nos ponemos a hacer los deberes y nada interrumpe el silencio que hay en la habitación.
- Cuando acabe la guerra, todo será diferente. – intervengo. Lo miro. Parece como si hubiera escuchado moscas o algo parecido. Continua escribiendo, como si nada.
- Roy. – digo, cogiéndole del brazo. –Siento lo de antes.
- Ya te dicho que no pasa nada.
- No, ¡sí que pasa! Pasa que me gustas pero con todo en lo que estamos no creo que sea lo más apropiado.
- ¿Cuándo es apropiado para ti, Briana? – pregunta, con los ojos clavados en mí, me quedo paralizada cinco segundos, y lo beso.
Mientras sus labios están en los míos siento algo que no había sentido nunca: felicidad y una sensación extraña en el estómago.
- Creí que nunca lo harías. –comenta.
- La palabra nunca es relativa. – digo, y sonrío.
Nos sentamos en la cama, hablamos un rato y hay uno que otro beso. Finalmente, nos quedamos dormidos, yo con mi cabeza en su regazo.
Cuando abro los ojos, por primera vez, no es peor que mis pesadillas. Pero entonces me acuerdo que tengo que ir a ver el estado de Wyatt.
- Debería irme. – susurro, acariciándole el pelo.
- Vale, pero no puedes irte sin un beso. – dice, y seguidamente pone sus labios junto a los míos.
- Hasta mañana. – digo, y sonrío.
Vale. Esto ha sido muy raro, pero bonito. Algo que me faltaba. Me pongo a pensar sobre el tema… Y no puedo parar de sonreír. Sí, por primera vez en mi vida no puedo parar de sentir mariposas en el estómago… De esas que no se van, se quedan y dejan huella. Y la sonrisa. Tampoco se va. Ojalá nunca lo hiciera. Me palpo los labios con las yemas de los dedos y cierro los ojos, intentando repetir ese momento en mi mente una y otra vez.
Pico a la puerta y espero a que Arin me abra. Entonces un muchachito al cual quiero mucho se asoma por la puerta.
- ¡Hermanita! – exclama, y se lanza sobre mí. –No has venido a casa.
- Sí, ya lo sé, he estado con Roy un rato. – digo, sin poder reprimir una sonrisa. –¡Pero ahora ya estoy aquí para ti! –grito, y le empiezo a hacer cosquillas, lo cojo en brazos y le digo que se vista.
- ¿Adónde vamos? – pregunta.
- A ver a Wyatt. – respondo seria, mi sonrisa ha durado como mucho dos horas. Arin se pone triste. –Hoy nos dirán si podrá volver a casa. Venga, ponte la chaqueta, pequeñajo.
Y nos vamos.
Me sorprende lo crecido que está Arin mentalmente. ‘Como para no estarlo’ pienso. Yo tuve que madurar antes de tiempo, si quería mantener a mi familia con vida. Los siguientes tres años son los peores que recuerdo. La pérdida de mi padre, la de mi madre, millones de personas fusiladas y muertas en la guerra… Me entra un escalofrío. Si Wyatt no logra curarse… me pongo mal solo al pensarlo. Aún seguimos esperando el bombardeo que anunciaron en Nekville, pero si lo hay, el incendio podría llegar hasta aquí.
- Tenemos que sacarlo sí o sí. – se me escapa, sólo lo estaba pensando, pero me ha salido en voz alta.
- ¿Sacarlo? – pregunta inocentemente Arin, que se pone serio, supongo que para intentar adivinar la expresión de mi rostro.
- Sí. – respondo. –Y tú me vas a ayudar. – se me ocurre, aunque es una idea un tanto arriesgada.
- ¡De acuerdo soldado Hils! – exclama el pequeño con entusiasmo. – ¿Y qué tengo que hacer?
- Ser precavido. Invisible. Cómo cuando jugábamos al escondite. – le explico. ‘Cuándo jugábamos’ es pasado. Des de la guerra ya no hay tiempo para eso.
- Eso se me da muy bien. – opina, y se lleva la mano al frente, en forma de militar.
- Estás hecho todo un payasote. – le digo.
- Un payaso no, ¡un gran soldado que salva vidas! – vuelve a exclamar.
- ¿Un soldado?
- Sí, ¡es lo que quiero ser de mayor! – me explica felizmente, y sonríe. Como si explicara algo divertido.
- ¿Des de cuando quieres ser tú eso? – le pregunto.
- Des de que Irina me contó que su hermano salvaba vidas y luchaba en la guerra. Fue muy emocionante.
Me quedo pensando.
- Una cosa es la explicación y la otra el hecho de estar allí. – argumento. –Ya hablaremos eso. – digo, preocupada.
Damos fin al itinerario del hogar de los Hils hasta el médico. Cojo de la mano a Arin con seguridad y pongo en marcha mi plan.
- ¿Hils? – pregunta una mujer, que cuando me giro, veo que es la misma del otro día. Sus ojos azules se clavan en mí.
- Aún no me ha dicho su nombre. – digo, para distraer.
- Es verdad. – dice. – Bueno, me llamo Dilber. Dilber Mawson.
- Bonito nombre. – elogio. – Original.
- Sí, supongo. Mis abuelos eran turcos así que decidieron ponérmelo en su honor pero ellos…
- ¿Cómo esta Wyatt? – interrumpo.
Dilber sube una ceja. Aunque la trate un poco mal, en el fondo me cae bien. Se ve buena persona. O al menos eso creo.
- Mejor. Va progresando. – asegura.
- ¿Cuándo podrá venirse?

- Nunca. – pero no es Dilber la que responde.

martes, 10 de diciembre de 2013

Entre fuego. Parte VI

Mi hermano inconsciente. El doctor intentando reanimarlo. Todo es como una pesadilla, una pesadilla que jamás acaba.
- ¿Wyatt? ¿Wyatt? – digo desesperada, con su cabeza en mi regazo y le estoy acariciando el rostro.
Viene una doctora y se lo lleva, y ahí me quedo, sentada en una butaca con lágrimas que recorren mis mejillas.
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Cuando abro los ojos, me doy cuenta de que lo de afuera nos es mejor que mis pesadillas. Pongo las manos en la cabeza y espero a que me llamen para poder entrar en la habitación donde se encuentra mi hermano.
- ¿Briana Hils? – pregunta una mujer que viene hacia mí. Va con una bata blanca, es morena y tiene parece simpática. Debe de ser uno de los médicos.
- Yo misma. – respondo, y se sienta a mi lado, de modo maternal.
- Tu hermano está bien. Se ha desmayado porque se ha asustado al saber la noticia de su estado. Deberá de estar aquí, internado, para que podamos tratar con él. – dice, con mucha cautela y voz tierna.
Sólo soy capaz de asentir con la cabeza. Me pone su mano en mi espalda y me acompaña hasta dentro de la habitación. Me siento a los pies de la cama dónde está él tumbado.
- Todo va a ir bien. – le digo.
- Si en estos últimos días no me recupero, ya sabes que va a pasar. Luego no hay salida. Si no logro salir de aquí, ya sabes lo que tienes que hacer. – dice con dificultad, mientras se quita la máscara de oxígeno. –Subir a la montaña con Arin, y la familia de Irina.
- Sí. De acuerdo. – respondo, un poco perdida.
- Ve a casa, yo estaré bien aquí. Arin debe de estar esperando, y, por favor, avisa a la profesora.
Vuelvo a asentir con la cabeza, le doy un beso y me marcho. En el camino a casa, la cabeza no para de dar vueltas. Las ideas de que mi hermano tenga una enfermedad, que a veces resulta mortal, de que Irina tenga a su hermano en la guerra y quiera ayudarle y que nos tengamos que ir a la montaña por precaución, no salen de mi interior.
Cuando llego a casa, Arin y Irina ponen cara de extrañados, al ver que, evidentemente, Wyatt no está a mi lado. Mi hermano es el primero en preguntar, ya que parece que Irina lo ha entendido con tan sólo mirarme a los ojos.
- ¿Dónde está Wyatt? – pregunta con voz inocente. Noto que se me cae una lágrima.
- Wyatt ha tenido que ser… ingresado – respondo forzosamente, porque se me ha hecho un nudo en la garganta.
- ¿Y se pondrá bien, verdad? – vuelve a preguntar.
- Eso espero. – digo, e intento forzar una sonrisa.
- Mañana nos vamos. – dice Irina rápidamente después de estar mirando un rato al vacío, para cambiar de tema.
- ¿A dónde Irina? – pregunta Arin.
- A la montaña. – responde finalmente Irina.
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- Sí, genial. – digo, me voy a mi habitación y cierro la puerta.
 Me estiro en mi cama y me quedo dormida, rendida por todas las cosas negativas. Tengo una pesadilla en la que mi padre está en medio de la guerra. Él lucha con el contrario, descubren que han lanzado bombas y entonces estallan. Y sale volando en pedazos. Grito. Me despierto. Ha sido sólo una pesadilla, demasiado real, pero solo una pesadilla, intento pensar, para calmarme. No hay nadie en casa. Cojo la mochila y voy hacia el colegio. Ya debería de haber ido hace rato. Cuando llego ya han empezado con la lección.
- Señorita Hils, ¿no llega un poco tarde? – pregunta la profesora.
- Sí, perdón, aunque no creo que se haya notado mi ausencia. – respondo un poco burleta.
- Yo la he notado. – dice Roy, que está sentado al fondo de la clase. – Te he reservado un sitio. – acaba de decir y me guiña el ojo.
- Gracias.
- A mí también me hubiera gustado dormir hasta ahora, dormilona.
- Me he levantado muy temprano para acompañar a Wyatt al médico y lo han ingresado. – explico, y se queda pasmado.
- Lo siento, Bri.
Sonrío en forma de decir ‘no pasa nada’ y atiendo a la clase.
Las siguientes horas me pasan eternas. Suena el timbre y salimos a fuera.
- Te apetece… ¿venir a mi casa? – me ofrece Roy.
- Sí, vale, pero no mucho rato.
- Me alegro de que no estés ocupada, señorita Hils. – dice bromeando.
- Bueno, uno está muy ocupado últimamente. Te echaba de menos. – digo, y le doy un beso en la mejilla. – Vamos.
Por el camino, Roy me hace infinitas preguntas, pero me alegro de estar con él, porque me olvido de todas las cosas malas.
- Tu color favorito es el verde. Verde hierva. Tienes quince años, eres preciosa y muy tonta.
- Jaja, lo último no, y respecto a lo penúltimo, no intentes coquetear con eso. Ahora mismo la belleza no sirve de nada.
- Tienes razón, pero no para mí. Para mí eres genial. – dice, me coge de los hombros y me pone frente a él. Ai.
Se me queda mirando y se va acercando… Y yo me quedo con la respiración acelerada.

jueves, 5 de diciembre de 2013

Entre fuego. Parte V

- Pero nunca antes habían estado por aquí. – digo, dando una revisión completa a mi hermano, que tiene rasguños y mordeduras por todas partes.
- Creo que son de algún vecino. – sugiere.
- No lo sé, ya lo averiguaremos, pero mañana tenemos que llevarte al hospital, antes del instituto.
Lo curo y le digo que lo mejor es que vaya a dormir, que mañana ya lo miraran por si ha contraído alguna enfermedad contagiosa. Le doy un beso y vuelvo a la habitación con Irina.
- ¿Qué ha ocurrido? – pregunta, sobresaltada.
- Nada extremadamente grave. Mientras volvía de camino hacía aquí lo han atacado unos perros. – aclaro.
- ¿Unos perros? ¿Qué clase de perros? – vuelve a preguntar, interesada. Demasiado interesada.
- Perros salvajes. Oye, Irina, mañana lo solucionaremos. Ahora lo mejor es que nos vayamos a dormir. Mañana tenemos que madrugar.
- Sí. Tienes razón. – dice.
Estamos hablando un rato, pero al final, acabamos rendidas, dormidas, cansadas de lo que hemos hecho durante todo el día.
Cuando me despierto son las seis de la mañana, e Irina está a mi lado, aun durmiendo. Decido que lo mejor es que no la despierte por ahora. Voy a despertar a mi hermano para ir al médico. Su habitación es una de las más grandes, considerando que la casa es bastante amplia. Tiene una cama con cajones, una mesa y una silla para hacer tareas y unos aparatos que construye él mismo para hacer ejercicio. En comparación con mi habitación, su cama es más pequeña que la mía. Se podría decir que cuando entras a mi habitación, estás acompañado. Tengo fotografías de mi madre y mi padre, para no echarles tanto de menos. Pero eso es inevitable.
- Despierta dormilón. – digo con dulzura.
Mi hermano coge la almohada y se la pone en las orejas. Murmura algunas palabras inteligibles y se levanta.
- Voy a hacer algo de desayunar. Mientras vístete, tenemos que ir a visitar al médico. – digo.
- Vale. – responde, aún dormido.
Cojo pan que sobró de ayer, lo distribuyo en cuatro platos y pongo vasos de leche. También pongo cereales
- ¡Ya podéis venir a desayunar! – exclamo.
Me siento y espero a que vengan. Arin no se para de restregar los ojos con las manos, Irina está aún pálida y Wyatt… bueno, Wyatt está como siempre a las seis de la mañana, que parece que vaya a caer una bomba y no se entere. Irónico.
- ¿Os gusta? – pregunta.
- Sí, bueno. Es lo mismo de siempre. – contesta Arin. Bajo la cabeza. Hago todo lo que puedo para conseguir comida. Y esto ya me cuesta. Pero se me adelanta Wyatt.
- Briana hace lo que puede, Arin. – rectifica.
Este tipo de comentarios son los que no puedo con ellos. Se me cae una lágrima. Probablemente, no, seguro, si estuvieran mis padres aquí esto no pasaría. Y encima con la guerra y todo, y…
- Lo siento mucho hermanita. – dice. Se baja de su silla, a la que casi ni llega y viene a mi lado. – No quería hacerte llorar. – se disculpa, se arremanga su camiseta y me seca las lágrimas.
- No pasa nada. – digo, como si no importara. –Tenemos que irnos, mientras estemos fuera hacer deberes o tareas. – les propongo a Irina y Arin.
Calculo que el recorrido nos va a llevar un buen rato, media hora más o menos, si vamos ligeros.
- ¿No se te ha pasado por la cabeza que quizás esos chuchos estén por aquí? – pregunta.
- No, la verdad. – respondo con total sinceridad.
- Qué lista es mi hermana.
- Bueno, en todo caso llevo un cuchillo y, no tengo ningún problema en usarlo, ¿sabes? – le digo, mirándolo fijamente.
Nos reímos. Me alegra de estar con él, ya que aunque sea un chinchoso, lo quiero como a nadie.
- Sabes… ¿Si Irina está interesada en algún chico… u algo? – pregunta tambaleante, y se enrojece.
- No. ¿Por qué?
- Nada. Saber. A veces… es bueno. Ya sabes, saber esas cosas… Información. – responde intentando ‘disimular’.
Subo una ceja.
- Los dos sabemos que el teatro no es lo tuyo. Así que ale, desembucha. – le digo.
- Bueno… Me gusta Irina. Quiero decir, es guapa. – dice, enrojecido a más no poder.
Me lo quedo mirando. Resulta realmente extraño, que a tu hermano le guste tu mejor amiga y a saber si, la otra siente lo mismo. Me corre un escalofrío. Es una idea extraña en estas circunstancias. Entramos en el médico y un hombre calvo, con bigote y barba blanca y con aspecto simpático nos atiende.
- Buenos días. – dice el señor.
- Buenos días, señor. – decimos al unísono.
- Oh, no, podéis decirme Henry. – rectifica.
- De acuerdo, Henry. A mi hermano ayer le mordieron unos perros. – Se me queda mirando, como quisiera que lo aclarara–. Perros salvajes.
Le pide que le dé el brazo y zonas donde han estado previamente afectadas, con mordeduras que no tienen muy buena pinta, aunque se las curé ayer. El Doctor Henry se queda observando las mordeduras, y se pone las gafas.
- Bien. –empieza. –Las mordeduras no son muy graves… Pero sin embargo, eso no quiere decir que no le pueda contraer ninguna enfermedad. –aclara.
- ¿Qué quiere decir con eso, doctor? –pregunto, y veo a mi hermano sudando, con los ojos mirando al vacío.

- Quiere decir, que puede contener la rabia.

martes, 3 de diciembre de 2013

Entre fuego. Parte IV

Los restantes cinco minutos consisten en el silencio. El silencio de la decepción. El silencio del peligro. El silencio de no entender que nos va a ocurrir. Wyatt me mira firme, para darme ánimos.
- Tendremos que subir a la montaña por precaución. – sugiere Wyatt, mi hermano de tan sólo trece años, aunque parezca tener la mentalidad de un adulto.
- Sí, tienes razón. – respondo.
La guerra me ha arrebatado a demasiada gente importante para mí, así que no estoy dispuesta a perder a nadie más, ya sean mis hermanos o mis amigos.
Me giro y veo la mirada inexpresiva de Irina.
- ¿Estás bien? – le pregunto, pero no responde. Parece estar en estado de shock.
- ¿Irina? – dice Wyatt tocándole el hombro, intentando hacerla entrar en razón, pero sin éxito.
Está muy pálida y no se mueve. Le toco la frente y me doy cuenta de que está muy fría. Desesperación; ésta es la palabra que describe perfectamente cómo me siento en este instante. Le digo a mi hermano, Wyatt, que le demos un baño de agua caliente. Cuando Wyatt la coge en brazos y la sienta en una silla del baño, mi amiga parece murmurar algunas palabras inteligibles, que no logro entender. Poco a poco, en la bañera, voy notando una mejora notable en su aspecto físico y sus músculos pasan de estar agarrotados a estar menos tensos. Sonrío para tranquilizarla.
- Todo va a ir bien, no te preocupes. – digo con voz calmada. Me mira asustada y con desesperación, parece que intenta captarle sentido a lo que he dicho (ya que es poco creíble, y más en estos casos) y se relaja un poco.
- Avisa a mis padres de que estoy bien. – logra decir Irina al fin. Asiento en respuesta a lo que me pide Irina y voy a decírselo a Wyatt, yo me quedaré cuidándola.
- Wyatt, Irina está mejor. No está tan fría y tensa y al hablar, me ha dicho si podríamos avisar a sus padres de su estado. – le explico. Asiente.
- ¿Podrás coger su mochila también, paloma mensajera? Se la ha olvidado y mañana tenemos clase – digo.
- ¿Algo más?
- No, eso es todo. Y gracias. – le agradezco y lo abrazo. Se va dirección a la puerta y emprende su camino hacia casa de los Anders. Seguidamente voy a la habitación de Arin. Últimamente no he estado muy pendiente de él, ha sido cuestión de falta de tiempo. Llamo a la puerta con golpeando con los nudillos.
- Toc, toc. – digo en tono divertido.
- ¿Quién es? – responde mi hermano alargando las vocales, bromeando.
- El lobo. – digo gruñendo e imitando el sonido del animal.
- Ui, qué miedo. – se estremece y se tapa la cara hasta solo quedársele visibles los ojos, y entonces empieza a reírse. Su risa es contagiosa e inocente. Yo también empiezo a reírme.
- Debes de estar cansado. – digo, arropándolo. – Buenas noches hermanito.
- Buenas noches Biana. – responde dulcemente, le doy un beso en la frente y me lo devuelve. Arin se equivoca siempre se equivoca con mi nombre, lo cual provoca risas de todos, porque no ha acabado de aprender de decir la ‘r’.
Entro en el baño, ayudo a salir de la bañera a Irina, la seco con una toalla y la siento en la silla.
- Gracias. – me dice.
- No tienes por qué dármelas. – respondo. Cuando empiezo a pensar en que a mi amiga le pasa algo entorno a la noticia de Nekville, ella se avanza ante mis pensamientos.
- Mis padres – dice Irina, dándole comienzo a su historia. –nacieron en Nekville. Se conocieron a los dieciocho años en el trabajo que tenían como vendedores, se enamoraron y mi madre se quedó embarazada a los veinte. Se casaron antes de concebir al que sería un niño y se llamaría Daniel. Cuando el niño nació, hasta que tuvo dieciséis años, ésos fueron probablemente los años más felices de su vida. –me mira, para comprobar si sigo el hilo, ya que yo desconocía el hecho de que tuviera un hermano–pero ese chico, tenía otras preferencias, y no era trabajar en el mismo negocio que ellos. Se preparó como militar como futuro soldado. –Prosigue, con tristeza –Pero en ésa época, hubo una crisis importante en Nekville. –Sí, obviamente, lo recuerdo, esos fueron los años más tristes para los habitantes del pueblo–y mis padres querían mudarse aquí, en Velville, para tener un mejor futuro. Pero mudarse no entraba en los planes de Daniel. Fue una decisión difícil para mis padres, pero solo querían que su hijo fuera feliz, así que ellos al venir, Daniel se quedó ahí. Y aún lo está.
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Me quedo un rato rumiando. La historia de Irina es realmente impactante, ya que ni me lo esperaba, viniendo de ella. Supongo que no se tiene que juzgar a un libro por su portada. Ella también tiene problemas, como yo. Entonces, si está en lo cierto, su hermano, sin andarse con rodeos ni contemplaciones, está en la guerra. Y va a luchar, pudiendo morir en el acto.
- ¿Quieres ir a rescatar a tu hermano? – le propongo a mi mejor amiga.
- Si pudiera lo hubiera hecho. – levanta la cabeza, y sus ojos se ponen llorosos.
- No te preocupes Irina. Todo va a ir bien. – le juro. Cojo a mi amiga por las manos y le susurro: ‘Lo prometo’ y, nos abrazamos durante un buen rato. Hacía tanto tiempo que no tenía ningún abrazo así, que aun las circunstancias en las que estamos, resulta verdaderamente reconfortante.
Esperamos a mi hermano en la cama, la misma que esta noche voy a compartir con Irina.
- ¿No tarda mucho? – dice Irina.
- Sí, debería haber llegado ya hace rato. – respondo, inanimada. Empiezo a preocuparme, ya que Wyatt ha salido hace dos horas. Nos estiramos y así nos quedamos durante un buen rato, dormidas, hasta que un ruido nos despierta. ‘Toc, toc’ se oye. Miro a Irina. ‘Toc, toc’ suena ahora, más fuerte.
- Están llamando a la puerta, ¿voy yo? – se ofrece Irina.
- No, ya voy yo. – le digo. Tiene que hacer reposo, porque aún no se encuentra muy bien.
Voy andando hacia la puerta, y la abro. En el porche encuentro a un chico cubierto de barro, ensangrentado, con arañazos, mordeduras, helado de frío y con una estatura semblante a la de mi hermano. Se me queda inmóvil, mirándome. Entonces caigo.
- ¿Wyatt? –pregunto. –Oh Dios mío. ¿Qué demonios te ha pasado?
- Perros. – dice, enfurruñado.
- ¿Perros? ¿Qué perros?

- Perros salvajes. – dice al fin.

lunes, 2 de diciembre de 2013

Entre fuego. Parte III

Roy me comenta la hora que es y tengo que salir corriendo, porque creía que habían pasado minutos, pero han pasado horas. Mis hermanos van a estar esperándome para cenar, así que me despido de Roy y voy hacia casa por el sendero. En el camino, me encuentro un rebaño de cabras pastando y entre ellas distingo a Irina, mi mejor amiga desde que tengo uso de razón. Es rubia y de ojos azules.
- ¡Briana! – exclama, haciéndose camino de entre las cabras, con una sonrisa dibujada en su rostro.
- Ei, Irina. – digo intentando parecer mínimamente feliz.
Pero no hace falta que finja, porque lo entiende al instante. Comprende que hoy no es mi mejor día, que no estoy de humor.
- ¿Has estado con Roy? – me pregunta, está clara su intención.
- No, Irina, no. – respondo.
- ¿No? – pregunta, algo decepcionada.
- Que sí, es broma. He estado un par de horas con él.
- Ah. ¿Y qué tal? – pregunta curiosamente. Claro, en realidad ella no tiene nada más de que preocuparse, ya que tiene unos padres fabulosos, su madre está esperando otro hijo y solo tiene el cargo de llevar a pastar las cabras. Esa es su única preocupación.
- Bien. – respondo, secamente. A veces Irina hace cada pregunta que la mejor opción es la de ‘bien’.
- ¿No quieres hablar, verdad? – pregunta.
- No es eso Irina… Lo siento.
Pone cara de comprensión. Ella también se acuerda de ese día. Estaba allí después del bombardeo. Es más, se lo debo todo. Sus padres fueron quien nos compraron la casa para que mis hermanos y yo pudiéramos estar bajo techo.
- De acuerdo. Lo entiendo, no hace falta que te disculpes, Bri.
Sonrío. Por eso la quiero y aprecio tanto, tiene la capacidad de perdonarme, de perdonar mi carácter distante en estas situaciones. Entonces se me ocurre una idea.
- ¿Quieres venir a dormir a mi casa esta noche? – le ofrezco, no quiero pasar la noche sola, así que está dispuesta a venir a mi casa la mar de contenta.
Antes pasamos por el centro del pueblo, ya que Irina tiene que intercambiar la leche de sus cabras por pan. Después pasamos por su casa a dejar los intercambios que ha hecho. Irina le pide permiso a la señora Anders para pasar la noche en mi hogar y su madre me ofrece pan como acto de cortesía y lo acepto con mucho gusto. Acabado esto, vamos camino a mi casa, ya ha oscurecido.
Al llegar, el pequeño Arin viene corriendo a abrazarme y Wyatt viene hacía mí. Me paro un momento para mirarlos y los analizo. Siempre me ha parecido curioso lo poco que se parecen, porque mi hermano mediano es de pelo oscuro, ojos intensamente verdes, y de piel morena, y mi hermano pequeño es rubio, de ojos azules como el mar y de piel tirando a pálida.
- Ya era hora, tardona. – replica Wyatt en tono burlón, sonriendo. Le devuelvo la sonrisa.
- Hermanita, al cole han dicho que iban a anunciar algo por la radio. – dice Arin, emocionado.
- De acuerdo pequeñajo. Estaremos pendientes. – digo cariñosamente, y el pequeño de la casa me abraza por las piernas, ya que no llega a mí.
- Tengo hambre. – dice Arin, quejándose. 
- Ahora preparo algo. – respondo yendo hacia la cocina.
‘Ojalá acabara esta maldita guerra’, pienso. Cojo algo de pan y leche, y seguidamente nos sentamos en el sofá y estamos atentas a la radio, a las noticias de última hora. Entonces dan la noticia.
- Atención. Nos han informado de que habrá un bombardeo en las próximas horas, en Nekville. Desalojen los compartimentos y evacuen. Gracias. – da la noticia el hombre de la radio.

Todos nos quedamos pasmados. Nekville… Es el pueblo que siempre admiro desde mi montaña, y que ahora va a ser destruido.

domingo, 1 de diciembre de 2013

Entre fuego. Parte II

Me despierto gritando y empapada en mi propio sudor. Tengo el cuerpo dolorido del trabajo de ayer en el campo y no he pasado muy bien la noche. Algo me acaba de despertar.
- Hermanita, ¿estás bien? – oigo decir a mi hermano más pequeño, Arin, con esa voz angelical y dulce que tiene.
- Sí, no te preocupes, solo ha sido una pesadilla. – respondo, terriblemente asustada por dentro, pero intento hablar con un aire tranquilizador.
- Vale, voy a decirle a Wyatt que venga. – susurra mi hermano.
Al cabo de unos segundos, Wyatt entra por la puerta.
- Felicidades grandullón. Trece, te haces viejo ya – digo en broma.
Me sonríe y se sienta al lado de mi cama.
- Gracias. Podría ser un día mejor si no fuera por eso. – comenta mi hermano.
Bajo la cabeza. Lo recuerdo, hoy hace un año de la muerte de mi madre. He tenido pesadillas desde ese día.
Le preparo a mis hermanos un buen desayuno para prepararse a los acontecimientos de un día como hoy, que es bastante duro para nosotros. Van a comer a casa de unos amigos, así que no tengo que preocuparme por hacer la comida. Cojo mi mochila y mi cuchillo, me despido de mis hermanos por un momento y, emprendo viaje hacia mi querida montaña.
Una vez llegada a la cima, me quedo sentada durante unos minutos, pensando. Si miras hacia nuestro pueblo, aún hay restos quemados, y si miras hacia el otro lado, el paisaje es precioso. Nekville. Como me gustaría estar allí. Entonces, su voz me saca de mi mundo y me hace llegar a la realidad.
- Hola, Bri.
- Hola. – respondo, y se sienta a mi lado.
Es Roy. Es amigo mío desde hace años. El chico de pelo castaño, de ojos verdes y muy alto sonríe.
- ¿Picnic a domicilio? – me ofrece mientras abre la cesta y dentro de ella veo exquisitos quesos, pan y agua.
- ¿Cómo has conseguido todo este queso? – le pregunto, maravillada, palpándolo.
- He estado trabajando unos días adicionales. – me dice y asiento con la cabeza. Me quedo un rato mirando al vacío, comiendo, sumida en mis pensamientos.
- ¿Un día difícil? – me pregunta, en forma de consuelo. Claro, ¿cómo no iba a ser difícil? Me pongo nerviosa y hago una revisión: <<Me llamo Briana. Tengo quince años. Soy de pelo castaño y ojos verde miel. Soy muy cabezota. Tengo dos hermanos, Wyatt; que tiene trece años y Arin, de seis. Perdí a mi padre en la guerra. Mi madre murió aplastada por los escombros durante un bombardeo. Estamos en guerra desde hace tres años… Pero sigo viva y dispuesta a estarlo>>