Llevo un vestido blanco y unos zapatos de ensueño. Voy
corriendo y saltando por el campo, entre medio de las plantas y flores, entre
ellas distingo una rosa, la huelo y sonrío.
Pero no me toma mucho tiempo en volver a la
realidad, una realidad que me aterra.
- Briana. – oigo susurrar alguien.
Levanto la cabeza inconscientemente, y me inclino hacia
delante.
- Bueno, estás viva. – dice en tono irónico.
- Roy. – digo, y sonrío. –Me alegro de verte.
- Y yo, Bri.
Y entonces me acuerdo.
- ¿Qué les ha pasado a Wyatt y Arin? ¿Están bien? –
pregunto, preocupada.
- Sí, están… vivos. –y al ver mi cara de preocupada y
confusa, sigue explicando. –Arin logró avisar a Wyatt para irse. Wyatt está
bien, bueno, enfermo. Ya lo sabes. Arin no tanto.
- ¿Qué? – digo, aumentando mi tono de voz.
- Ha tenido que ser… operado. – dice al fin, y baja la
cabeza. Noto que se me cae una lágrima. –Se quedó enterrado bajo los escombros,
pero Dilber lo salvó a tiempo.
- Dilber. – susurro. Es increíble cómo ni siquiera
conociéndola, me ha salvado la vida. Y la de mi hermano.
- Se le aplastó la pierna. –prosigue. –Los médicos han
conseguido que quede bien, pero va a tener dificultades al andar.
Asiento dos veces con la cabeza, no tengo ganas de
hablar, es más, no tengo ganas de hacer nada, sólo quedarme dormida para siempre.
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Abro los ojos y me encuentro en una habitación pequeña,
pero espaciosa a la vez. Estoy tumbada en una camilla, tengo un montón de
cables que salen de mí. Si giro la cabeza a la derecha, hay una ventana. Me
pregunto dónde estaremos. Está lloviendo y me planteo si el cielo también
llorará por la gente fallecida del bombardeo en Velville. Estoy murmurando una
canción mientras me quedo ensimismada mirando el exterior por la ventana, como
si fuese otro mundo al que quisiera estar.
Oigo el chirrido de la puerta y me inclino hacia el otro
costado.
- Ei. – dice Dilber, en forma de saludo. – ¿Cómo estás?
- Bien. ¿Cómo estás tú? Eres tú la que me has salvado la
vida, no yo. De no haber sido por ti, estaría muerta.
- Es mi trabajo salvar vidas. – dice, y sonríe. No es una
sonrisa forzada, sino una de verdad. Sincera.
- Pero no estabas trabajando. – le reprocho.
- Supongo que es verdad. En todo caso, ¿no hubiera sido
cruel no sacarte de ahí?
- No. – respondo, decidida.
Ríe. Las risas de esta mujer me producen un efecto
calmante, como un antídoto para el dolor.
- ¿Y el hombre? – pregunto.
- Desapareció entre las llamas. No he sabido nada más de
él. – explica.
- Aha. – digo. – Dime una cosa, ¿lo conocías?
- Desafortunadamente, sí. – contesta después de estar un
rato mirando al vacío. La miro, exigiendo más explicaciones, y tal vez, una
buena historia que contar. – ‘Su nombre
es Drek. Lo conozco desde hace años,
tantos que ni ya me acuerdo. Solía verlo mucho ya que éramos compañeros de
clase, incluso me llegó a agradar. Cuándo íbamos al instituto su padre murió
misteriosamente, y después la siguió su madre, por motivos desconocidos. Por
entonces nada se había llegar a plantear si alguien los había asesinado, o si
habían muerto por motivos naturales. No sé por qué, pero optaba por la primera
opción. Poco más tarde Drek se fue volviendo más cerrado en sí mismo. No quería
que nadie le hablara y no se relacionaba con nadie. Un día, fui decidida hacia
él y pregunté que le ocurría. Él, despiadadamente, me empujó y me alejó de él.
Al cabo del tiempo, entre pruebas y más, descubrí que, obviamente, el asesino
del señor Philp y la señora Philp era su propio hijo. Cuándo iba un día por la
calle decidida a ir hacia la policía, él me encontró. Me dijo que, si no me
callaba y no mantenía el secreto en privado, me mataría. Ignoré y dejé que el
viento se llevara sus palabras y retomé mi rumbo hacia la comisaría. Informé de
lo sucedido, y poco tiempo después, Drek fue encarcelado. Pasaron los años, yo
olvidé lo sucedido y formé mi propia familia. Me había enamorado locamente de
un hombre del que, estaba convencida de que amaría hasta la eternidad. Tuvimos
dos hijos, Leil y Sarah. Eran hermosos, y la fuente de mi alegría. Todos esos
años fueron pura felicidad para nuestra familia, hasta que me enteré de que
Drek, mi excompañero, el asesino, había salido de la cárcel. Fui lo
suficientemente inocente de pensar, que quizás lo había olvidado, pero no fue
así.
Una
noche, mientras estaba leyendo un libro en mi dormitorio, oí gritos. Gritos
desesperados, de dolor. Se me encogió el corazón y corrí hacia dónde provenían
los gritos. Pero fue demasiado tarde. En un charco de sangre, se encontraban mi
marido y mis dos hijos, cada uno acuchillados y ahogados. Me hundí en la
miseria pero sólo oía las palabras de Drek, jurando que un día, se vengaría.
Me mudé junto
con mis penas en Velville, dónde intenté olvidar todo mi pasado. Pero fui
simplemente una inútil para pensar en que podría logarlo. Me formé como médico
y rehíce mi vida al completo. Pero un buen día, mis esperanzas se fueron al
suelo. Había llegado un nuevo médico. Al presentarse, pude distinguir su
rostro. Era el demonio que me había estado persiguiendo durante años, el que
había ocupado mis peores pesadillas. Drek.’
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