viernes, 20 de diciembre de 2013

Entre fuego. Parte VIII

Llevo un vestido blanco y unos zapatos de ensueño. Voy corriendo y saltando por el campo, entre medio de las plantas y flores, entre ellas distingo una rosa, la huelo y sonrío.
Pero no me toma mucho tiempo en volver a la realidad, una realidad que me aterra.
- Briana. – oigo susurrar alguien.
Levanto la cabeza inconscientemente, y me inclino hacia delante.
- Bueno, estás viva. – dice en tono irónico.
- Roy. – digo, y sonrío. –Me alegro de verte.
- Y yo, Bri.
Y entonces me acuerdo.
- ¿Qué les ha pasado a Wyatt y Arin? ¿Están bien? – pregunto, preocupada.
- Sí, están… vivos. –y al ver mi cara de preocupada y confusa, sigue explicando. –Arin logró avisar a Wyatt para irse. Wyatt está bien, bueno, enfermo. Ya lo sabes. Arin no tanto.
- ¿Qué? – digo, aumentando mi tono de voz.
- Ha tenido que ser… operado. – dice al fin, y baja la cabeza. Noto que se me cae una lágrima. –Se quedó enterrado bajo los escombros, pero Dilber lo salvó a tiempo.
- Dilber. – susurro. Es increíble cómo ni siquiera conociéndola, me ha salvado la vida. Y la de mi hermano.
- Se le aplastó la pierna. –prosigue. –Los médicos han conseguido que quede bien, pero va a tener dificultades al andar.
Asiento dos veces con la cabeza, no tengo ganas de hablar, es más, no tengo ganas de hacer nada, sólo quedarme dormida para siempre.
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Abro los ojos y me encuentro en una habitación pequeña, pero espaciosa a la vez. Estoy tumbada en una camilla, tengo un montón de cables que salen de mí. Si giro la cabeza a la derecha, hay una ventana. Me pregunto dónde estaremos. Está lloviendo y me planteo si el cielo también llorará por la gente fallecida del bombardeo en Velville. Estoy murmurando una canción mientras me quedo ensimismada mirando el exterior por la ventana, como si fuese otro mundo al que quisiera estar.
Oigo el chirrido de la puerta y me inclino hacia el otro costado.
- Ei. – dice Dilber, en forma de saludo. – ¿Cómo estás?
- Bien. ¿Cómo estás tú? Eres tú la que me has salvado la vida, no yo. De no haber sido por ti, estaría muerta.
- Es mi trabajo salvar vidas. – dice, y sonríe. No es una sonrisa forzada, sino una de verdad. Sincera.
- Pero no estabas trabajando. – le reprocho.
- Supongo que es verdad. En todo caso, ¿no hubiera sido cruel no sacarte de ahí?
- No. – respondo, decidida.
Ríe. Las risas de esta mujer me producen un efecto calmante, como un antídoto para el dolor.
- ¿Y el hombre? – pregunto.
- Desapareció entre las llamas. No he sabido nada más de él. – explica.
- Aha. – digo. – Dime una cosa, ¿lo conocías?
- Desafortunadamente, sí. – contesta después de estar un rato mirando al vacío. La miro, exigiendo más explicaciones, y tal vez, una buena historia que contar. – ‘Su nombre es Drek. Lo conozco desde hace años, tantos que ni ya me acuerdo. Solía verlo mucho ya que éramos compañeros de clase, incluso me llegó a agradar. Cuándo íbamos al instituto su padre murió misteriosamente, y después la siguió su madre, por motivos desconocidos. Por entonces nada se había llegar a plantear si alguien los había asesinado, o si habían muerto por motivos naturales. No sé por qué, pero optaba por la primera opción. Poco más tarde Drek se fue volviendo más cerrado en sí mismo. No quería que nadie le hablara y no se relacionaba con nadie. Un día, fui decidida hacia él y pregunté que le ocurría. Él, despiadadamente, me empujó y me alejó de él. Al cabo del tiempo, entre pruebas y más, descubrí que, obviamente, el asesino del señor Philp y la señora Philp era su propio hijo. Cuándo iba un día por la calle decidida a ir hacia la policía, él me encontró. Me dijo que, si no me callaba y no mantenía el secreto en privado, me mataría. Ignoré y dejé que el viento se llevara sus palabras y retomé mi rumbo hacia la comisaría. Informé de lo sucedido, y poco tiempo después, Drek fue encarcelado. Pasaron los años, yo olvidé lo sucedido y formé mi propia familia. Me había enamorado locamente de un hombre del que, estaba convencida de que amaría hasta la eternidad. Tuvimos dos hijos, Leil y Sarah. Eran hermosos, y la fuente de mi alegría. Todos esos años fueron pura felicidad para nuestra familia, hasta que me enteré de que Drek, mi excompañero, el asesino, había salido de la cárcel. Fui lo suficientemente inocente de pensar, que quizás lo había olvidado, pero no fue así.
Una noche, mientras estaba leyendo un libro en mi dormitorio, oí gritos. Gritos desesperados, de dolor. Se me encogió el corazón y corrí hacia dónde provenían los gritos. Pero fue demasiado tarde. En un charco de sangre, se encontraban mi marido y mis dos hijos, cada uno acuchillados y ahogados. Me hundí en la miseria pero sólo oía las palabras de Drek, jurando que un día, se vengaría.

Me mudé junto con mis penas en Velville, dónde intenté olvidar todo mi pasado. Pero fui simplemente una inútil para pensar en que podría logarlo. Me formé como médico y rehíce mi vida al completo. Pero un buen día, mis esperanzas se fueron al suelo. Había llegado un nuevo médico. Al presentarse, pude distinguir su rostro. Era el demonio que me había estado persiguiendo durante años, el que había ocupado mis peores pesadillas. Drek.’

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