- Pero nunca antes habían estado por aquí. – digo, dando
una revisión completa a mi hermano, que tiene rasguños y mordeduras por todas
partes.
- Creo que son de algún vecino. – sugiere.
- No lo sé, ya lo averiguaremos, pero mañana tenemos que
llevarte al hospital, antes del instituto.
Lo curo y le digo que lo mejor es que vaya a dormir, que
mañana ya lo miraran por si ha contraído alguna enfermedad contagiosa. Le doy
un beso y vuelvo a la habitación con Irina.
- ¿Qué ha ocurrido? – pregunta, sobresaltada.
- Nada extremadamente grave. Mientras volvía de camino
hacía aquí lo han atacado unos perros. – aclaro.
- ¿Unos perros? ¿Qué clase de perros? – vuelve a
preguntar, interesada. Demasiado interesada.
- Perros salvajes. Oye, Irina, mañana lo solucionaremos.
Ahora lo mejor es que nos vayamos a dormir. Mañana tenemos que madrugar.
- Sí. Tienes razón. – dice.
Estamos hablando un rato, pero al final, acabamos
rendidas, dormidas, cansadas de lo que hemos hecho durante todo el día.
Cuando me despierto son las seis de la mañana, e Irina
está a mi lado, aun durmiendo. Decido que lo mejor es que no la despierte por
ahora. Voy a despertar a mi hermano para ir al médico. Su habitación es una de
las más grandes, considerando que la casa es bastante amplia. Tiene una cama
con cajones, una mesa y una silla para hacer tareas y unos aparatos que
construye él mismo para hacer ejercicio. En comparación con mi habitación, su
cama es más pequeña que la mía. Se podría decir que cuando entras a mi habitación,
estás acompañado. Tengo fotografías de mi madre y mi padre, para no echarles
tanto de menos. Pero eso es inevitable.
- Despierta dormilón. – digo con dulzura.
Mi hermano coge la almohada y se la pone en las orejas.
Murmura algunas palabras inteligibles y se levanta.
- Voy a hacer algo de desayunar. Mientras vístete,
tenemos que ir a visitar al médico. – digo.
- Vale. – responde, aún dormido.
Cojo pan que sobró de ayer, lo distribuyo en cuatro
platos y pongo vasos de leche. También pongo cereales
- ¡Ya podéis venir a desayunar! – exclamo.
Me siento y espero a que vengan. Arin no se para de
restregar los ojos con las manos, Irina está aún pálida y Wyatt… bueno, Wyatt
está como siempre a las seis de la mañana, que parece que vaya a caer una bomba
y no se entere. Irónico.
- ¿Os gusta? – pregunta.
- Sí, bueno. Es lo mismo de siempre. – contesta Arin.
Bajo la cabeza. Hago todo lo que puedo para conseguir comida. Y esto ya me
cuesta. Pero se me adelanta Wyatt.
- Briana hace lo que puede, Arin. – rectifica.
Este tipo de comentarios son los que no puedo con ellos.
Se me cae una lágrima. Probablemente, no, seguro, si estuvieran mis padres aquí
esto no pasaría. Y encima con la guerra y todo, y…
- Lo siento mucho hermanita. – dice. Se baja de su silla,
a la que casi ni llega y viene a mi lado. – No quería hacerte llorar. – se
disculpa, se arremanga su camiseta y me seca las lágrimas.
- No pasa nada. – digo, como si no importara. –Tenemos
que irnos, mientras estemos fuera hacer deberes o tareas. – les propongo a
Irina y Arin.
Calculo que el recorrido nos va a llevar un buen rato,
media hora más o menos, si vamos ligeros.
- ¿No se te ha pasado por la cabeza que quizás esos
chuchos estén por aquí? – pregunta.
- No, la verdad. – respondo con total sinceridad.
- Qué lista es mi hermana.
- Bueno, en todo caso llevo un cuchillo y, no tengo
ningún problema en usarlo, ¿sabes? – le digo, mirándolo fijamente.
Nos reímos. Me alegra de estar con él, ya que aunque sea
un chinchoso, lo quiero como a nadie.
- Sabes… ¿Si Irina está interesada en algún chico… u
algo? – pregunta tambaleante, y se enrojece.
- No. ¿Por qué?
- Nada. Saber. A veces… es bueno. Ya sabes, saber esas
cosas… Información. – responde intentando ‘disimular’.
Subo una ceja.
- Los dos sabemos que el teatro no es lo tuyo. Así que
ale, desembucha. – le digo.
- Bueno… Me gusta Irina. Quiero decir, es guapa. – dice,
enrojecido a más no poder.
Me lo quedo mirando. Resulta realmente extraño, que a tu
hermano le guste tu mejor amiga y a saber si, la otra siente lo mismo. Me corre
un escalofrío. Es una idea extraña en estas circunstancias. Entramos en el
médico y un hombre calvo, con bigote y barba blanca y con aspecto simpático nos
atiende.
- Buenos días. – dice el señor.
- Buenos días, señor. – decimos al unísono.
- Oh, no, podéis decirme Henry. – rectifica.
- De acuerdo, Henry. A mi hermano ayer le mordieron unos
perros. – Se me queda mirando, como quisiera que lo aclarara–. Perros salvajes.
Le pide que le dé el brazo y zonas donde han estado
previamente afectadas, con mordeduras que no tienen muy buena pinta, aunque se
las curé ayer. El Doctor Henry se queda observando las mordeduras, y se pone
las gafas.
- Bien. –empieza. –Las mordeduras no son muy graves… Pero
sin embargo, eso no quiere decir que no le pueda contraer ninguna enfermedad. –aclara.
- ¿Qué quiere decir con eso, doctor? –pregunto, y veo a
mi hermano sudando, con los ojos mirando al vacío.
- Quiere decir, que puede contener la rabia.
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