- Roy. – susurro, notando su aliento contra el mío.
- ¿Sí?
- Vámonos. –respondo, me aparto de él e intento no
ponerme roja como un tomate y nos quedamos en silencio durante diez segundos. –Buen intento. Casi caigo en la trampa. – digo
bromeando.
¿Roy intentando besarme? Ha sido una situación un tanto
extraña, pero no tanto como lo que siento yo ahora. No tengo mis sentimientos
hacia él claros, y eso me confunde.
- ¿Pasa algo? – pregunta, algo preocupado.
- No.
- ¿Segura?
- No, pero Roy, ahora no estoy para esto. Tengo
demasiadas cosas en la cabeza y estoy inestable y…
- No hace falta que me lo expliques, lo he entendido
Briana. – me interrumpe.
Genial. Ahora me siento mal.
Llegamos a su casa, nos ponemos a hacer los deberes y
nada interrumpe el silencio que hay en la habitación.
- Cuando acabe la guerra, todo será diferente. –
intervengo. Lo miro. Parece como si hubiera escuchado moscas o algo parecido.
Continua escribiendo, como si nada.
- Roy. – digo, cogiéndole del brazo. –Siento lo de antes.
- Ya te dicho que no pasa nada.
- No, ¡sí que pasa! Pasa que me gustas pero con todo en
lo que estamos no creo que sea lo más apropiado.
- ¿Cuándo es apropiado para ti, Briana? – pregunta, con
los ojos clavados en mí, me quedo paralizada cinco segundos, y lo beso.
Mientras sus labios están en los míos siento algo que no
había sentido nunca: felicidad y una sensación extraña en el estómago.
- Creí que nunca lo harías. –comenta.
- La palabra nunca es relativa. – digo, y sonrío.
Nos sentamos en la cama, hablamos un rato y hay uno que
otro beso. Finalmente, nos quedamos dormidos, yo con mi cabeza en su regazo.
Cuando abro los ojos, por primera vez, no es peor que mis
pesadillas. Pero entonces me acuerdo que tengo que ir a ver el estado de Wyatt.
- Debería irme. – susurro, acariciándole el pelo.
- Vale, pero no puedes irte sin un beso. – dice, y
seguidamente pone sus labios junto a los míos.
- Hasta mañana. – digo, y sonrío.
Vale. Esto ha sido muy raro, pero bonito. Algo que me
faltaba. Me pongo a pensar sobre el tema… Y no puedo parar de sonreír. Sí, por
primera vez en mi vida no puedo parar de sentir mariposas en el estómago… De
esas que no se van, se quedan y dejan huella. Y la sonrisa. Tampoco se va.
Ojalá nunca lo hiciera. Me palpo los labios con las yemas de los dedos y cierro
los ojos, intentando repetir ese momento en mi mente una y otra vez.
Pico a la puerta y espero a que Arin me abra. Entonces un
muchachito al cual quiero mucho se asoma por la puerta.
- ¡Hermanita! – exclama, y se lanza sobre mí. –No has
venido a casa.
- Sí, ya lo sé, he estado con Roy un rato. – digo, sin
poder reprimir una sonrisa. –¡Pero ahora ya estoy aquí para ti! –grito, y le
empiezo a hacer cosquillas, lo cojo en brazos y le digo que se vista.
- ¿Adónde vamos? – pregunta.
- A ver a Wyatt. – respondo seria, mi sonrisa ha durado
como mucho dos horas. Arin se pone triste. –Hoy nos dirán si podrá volver a
casa. Venga, ponte la chaqueta, pequeñajo.
Y nos vamos.
Me sorprende lo crecido que está Arin mentalmente. ‘Como
para no estarlo’ pienso. Yo tuve que madurar antes de tiempo, si quería
mantener a mi familia con vida. Los siguientes tres años son los peores que
recuerdo. La pérdida de mi padre, la de mi madre, millones de personas
fusiladas y muertas en la guerra… Me entra un escalofrío. Si Wyatt no logra
curarse… me pongo mal solo al pensarlo. Aún seguimos esperando el bombardeo que
anunciaron en Nekville, pero si lo hay, el incendio podría llegar hasta aquí.
- Tenemos que sacarlo sí o sí. – se me escapa, sólo lo
estaba pensando, pero me ha salido en voz alta.
- ¿Sacarlo? – pregunta inocentemente Arin, que se pone
serio, supongo que para intentar adivinar la expresión de mi rostro.
- Sí. – respondo. –Y tú me vas a ayudar. – se me ocurre,
aunque es una idea un tanto arriesgada.
- ¡De acuerdo soldado Hils! – exclama el pequeño con
entusiasmo. – ¿Y qué tengo que hacer?
- Ser precavido. Invisible. Cómo cuando jugábamos al
escondite. – le explico. ‘Cuándo jugábamos’ es pasado. Des de la guerra ya no
hay tiempo para eso.
- Eso se me da muy bien. – opina, y se lleva la mano al
frente, en forma de militar.
- Estás hecho todo un payasote. – le digo.
- Un payaso no, ¡un gran soldado que salva vidas! –
vuelve a exclamar.
- ¿Un soldado?
- Sí, ¡es lo que quiero ser de mayor! – me explica
felizmente, y sonríe. Como si explicara algo divertido.
- ¿Des de cuando quieres ser tú eso? – le pregunto.
- Des de que Irina me contó que su hermano salvaba vidas
y luchaba en la guerra. Fue muy emocionante.
Me quedo pensando.
- Una cosa es la explicación y la otra el hecho de estar
allí. – argumento. –Ya hablaremos eso. – digo, preocupada.
Damos fin al itinerario del hogar de los Hils hasta el
médico. Cojo de la mano a Arin con seguridad y pongo en marcha mi plan.
- ¿Hils? – pregunta una mujer, que cuando me giro, veo
que es la misma del otro día. Sus ojos azules se clavan en mí.
- Aún no me ha dicho su nombre. – digo, para distraer.
- Es verdad. – dice. – Bueno, me llamo Dilber. Dilber
Mawson.
- Bonito nombre. – elogio. – Original.
- Sí, supongo. Mis abuelos eran turcos así que decidieron
ponérmelo en su honor pero ellos…
- ¿Cómo esta Wyatt? – interrumpo.
Dilber sube una ceja. Aunque la trate un poco mal, en el
fondo me cae bien. Se ve buena persona. O al menos eso creo.
- Mejor. Va progresando. – asegura.
- ¿Cuándo podrá venirse?
- Nunca. – pero no es Dilber la que responde.
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