martes, 3 de diciembre de 2013

Entre fuego. Parte IV

Los restantes cinco minutos consisten en el silencio. El silencio de la decepción. El silencio del peligro. El silencio de no entender que nos va a ocurrir. Wyatt me mira firme, para darme ánimos.
- Tendremos que subir a la montaña por precaución. – sugiere Wyatt, mi hermano de tan sólo trece años, aunque parezca tener la mentalidad de un adulto.
- Sí, tienes razón. – respondo.
La guerra me ha arrebatado a demasiada gente importante para mí, así que no estoy dispuesta a perder a nadie más, ya sean mis hermanos o mis amigos.
Me giro y veo la mirada inexpresiva de Irina.
- ¿Estás bien? – le pregunto, pero no responde. Parece estar en estado de shock.
- ¿Irina? – dice Wyatt tocándole el hombro, intentando hacerla entrar en razón, pero sin éxito.
Está muy pálida y no se mueve. Le toco la frente y me doy cuenta de que está muy fría. Desesperación; ésta es la palabra que describe perfectamente cómo me siento en este instante. Le digo a mi hermano, Wyatt, que le demos un baño de agua caliente. Cuando Wyatt la coge en brazos y la sienta en una silla del baño, mi amiga parece murmurar algunas palabras inteligibles, que no logro entender. Poco a poco, en la bañera, voy notando una mejora notable en su aspecto físico y sus músculos pasan de estar agarrotados a estar menos tensos. Sonrío para tranquilizarla.
- Todo va a ir bien, no te preocupes. – digo con voz calmada. Me mira asustada y con desesperación, parece que intenta captarle sentido a lo que he dicho (ya que es poco creíble, y más en estos casos) y se relaja un poco.
- Avisa a mis padres de que estoy bien. – logra decir Irina al fin. Asiento en respuesta a lo que me pide Irina y voy a decírselo a Wyatt, yo me quedaré cuidándola.
- Wyatt, Irina está mejor. No está tan fría y tensa y al hablar, me ha dicho si podríamos avisar a sus padres de su estado. – le explico. Asiente.
- ¿Podrás coger su mochila también, paloma mensajera? Se la ha olvidado y mañana tenemos clase – digo.
- ¿Algo más?
- No, eso es todo. Y gracias. – le agradezco y lo abrazo. Se va dirección a la puerta y emprende su camino hacia casa de los Anders. Seguidamente voy a la habitación de Arin. Últimamente no he estado muy pendiente de él, ha sido cuestión de falta de tiempo. Llamo a la puerta con golpeando con los nudillos.
- Toc, toc. – digo en tono divertido.
- ¿Quién es? – responde mi hermano alargando las vocales, bromeando.
- El lobo. – digo gruñendo e imitando el sonido del animal.
- Ui, qué miedo. – se estremece y se tapa la cara hasta solo quedársele visibles los ojos, y entonces empieza a reírse. Su risa es contagiosa e inocente. Yo también empiezo a reírme.
- Debes de estar cansado. – digo, arropándolo. – Buenas noches hermanito.
- Buenas noches Biana. – responde dulcemente, le doy un beso en la frente y me lo devuelve. Arin se equivoca siempre se equivoca con mi nombre, lo cual provoca risas de todos, porque no ha acabado de aprender de decir la ‘r’.
Entro en el baño, ayudo a salir de la bañera a Irina, la seco con una toalla y la siento en la silla.
- Gracias. – me dice.
- No tienes por qué dármelas. – respondo. Cuando empiezo a pensar en que a mi amiga le pasa algo entorno a la noticia de Nekville, ella se avanza ante mis pensamientos.
- Mis padres – dice Irina, dándole comienzo a su historia. –nacieron en Nekville. Se conocieron a los dieciocho años en el trabajo que tenían como vendedores, se enamoraron y mi madre se quedó embarazada a los veinte. Se casaron antes de concebir al que sería un niño y se llamaría Daniel. Cuando el niño nació, hasta que tuvo dieciséis años, ésos fueron probablemente los años más felices de su vida. –me mira, para comprobar si sigo el hilo, ya que yo desconocía el hecho de que tuviera un hermano–pero ese chico, tenía otras preferencias, y no era trabajar en el mismo negocio que ellos. Se preparó como militar como futuro soldado. –Prosigue, con tristeza –Pero en ésa época, hubo una crisis importante en Nekville. –Sí, obviamente, lo recuerdo, esos fueron los años más tristes para los habitantes del pueblo–y mis padres querían mudarse aquí, en Velville, para tener un mejor futuro. Pero mudarse no entraba en los planes de Daniel. Fue una decisión difícil para mis padres, pero solo querían que su hijo fuera feliz, así que ellos al venir, Daniel se quedó ahí. Y aún lo está.
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Me quedo un rato rumiando. La historia de Irina es realmente impactante, ya que ni me lo esperaba, viniendo de ella. Supongo que no se tiene que juzgar a un libro por su portada. Ella también tiene problemas, como yo. Entonces, si está en lo cierto, su hermano, sin andarse con rodeos ni contemplaciones, está en la guerra. Y va a luchar, pudiendo morir en el acto.
- ¿Quieres ir a rescatar a tu hermano? – le propongo a mi mejor amiga.
- Si pudiera lo hubiera hecho. – levanta la cabeza, y sus ojos se ponen llorosos.
- No te preocupes Irina. Todo va a ir bien. – le juro. Cojo a mi amiga por las manos y le susurro: ‘Lo prometo’ y, nos abrazamos durante un buen rato. Hacía tanto tiempo que no tenía ningún abrazo así, que aun las circunstancias en las que estamos, resulta verdaderamente reconfortante.
Esperamos a mi hermano en la cama, la misma que esta noche voy a compartir con Irina.
- ¿No tarda mucho? – dice Irina.
- Sí, debería haber llegado ya hace rato. – respondo, inanimada. Empiezo a preocuparme, ya que Wyatt ha salido hace dos horas. Nos estiramos y así nos quedamos durante un buen rato, dormidas, hasta que un ruido nos despierta. ‘Toc, toc’ se oye. Miro a Irina. ‘Toc, toc’ suena ahora, más fuerte.
- Están llamando a la puerta, ¿voy yo? – se ofrece Irina.
- No, ya voy yo. – le digo. Tiene que hacer reposo, porque aún no se encuentra muy bien.
Voy andando hacia la puerta, y la abro. En el porche encuentro a un chico cubierto de barro, ensangrentado, con arañazos, mordeduras, helado de frío y con una estatura semblante a la de mi hermano. Se me queda inmóvil, mirándome. Entonces caigo.
- ¿Wyatt? –pregunto. –Oh Dios mío. ¿Qué demonios te ha pasado?
- Perros. – dice, enfurruñado.
- ¿Perros? ¿Qué perros?

- Perros salvajes. – dice al fin.

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